Un viaje a la antigua Francia
Sam, era un niño pelirrojo de profundos ojos verdes y la cara salpicada de pecas. Su madre le peinaba cada día marcándole la raya en el centro; minutos después, este lo alborotaba de cualquier forma. Solía decir que con ese peinado los niños se reían de él. Siempre llevaba la ropa limpia, los zapatos brillantes y olía a jabón de violetas que su abuela Ruth hacía en casa. —¿Qué haces cada día en la estación, cariño? —preguntó Anna, su madre. —Bueno, observo a las personas y luego invento historias sobre ellos. —¿Eso es lo que haces todo el tiempo, escribir? —Sí, a veces llega el viejo Bobby y comparto con él mi merienda. Al pobre le quedan solo cuatro dientes ¿sabes? Mastica fatal el chocolate. —¿Bobby?, ¿quién es Bobby? —dijo Anna preocupada. —Ah, es el perro del guardia. Es muy viejo para jugar; se queda dormido por todas partes, solo sabe roncar. Mientras Anna sonreía por la charla con Sam, le agarró por los hombros para darle un beso en la frente, ponerle bien las...