Un viaje a la antigua Francia

Sam, era un niño pelirrojo de profundos ojos verdes y la cara salpicada de pecas. Su madre le peinaba cada día marcándole la raya en el centro; minutos después, este lo alborotaba de cualquier forma. Solía decir que con ese peinado los niños se reían de él. Siempre llevaba la ropa limpia, los zapatos brillantes y olía a jabón de violetas que su abuela Ruth hacía en casa.
—¿Qué haces cada día en la estación, cariño? —preguntó Anna, su madre.
—Bueno, observo a las personas y luego invento historias sobre ellos.
—¿Eso es lo que haces todo el tiempo, escribir?
—Sí, a veces llega el viejo Bobby y comparto con él mi merienda. Al pobre le quedan solo cuatro dientes ¿sabes? Mastica fatal el chocolate.
—¿Bobby?, ¿quién es Bobby? —dijo Anna preocupada.
—Ah, es el perro del guardia. Es muy viejo para jugar; se queda dormido por todas partes, solo sabe roncar.
   Mientras Anna sonreía por la charla con Sam, le agarró por los hombros para darle un beso en la frente, ponerle bien las mangas de la camisa y un fallido intento por volver a peinarle. Le dijo que no volviese tarde para la cena, pues prepararía espaguetis, pero Sam no la escuchó. Había echado a correr.
   Eran las cuatro de la tarde cuando Sam llegó a la estación ferrovial. El tren de línea Paris-Lyon, tenía prevista la salida a las cuatro y media. Como cada día, el pequeño de nueve años, era fiel a su cita para ver partir aquella máquina de grandes ruedas. Él nunca había salido de la ciudad, pero había muchas personas que sí, que iban y venían a todas horas. Y él lo envidiaba.
   Sam se sentó en el mismo lugar de siempre, en el suelo del andén, junto a una papelera. Sacó de su cartera verde un cuaderno y varios lápices, también sacó una onza de pan y un trozo de chocolate que colocó de forma ordenada a su lado izquierdo, y un trozo de tela bien doblada que usaba para amortiguar un poco la dureza del suelo.
   Faltaba poco para que el tren se pusiera en marcha, ya se notaba el traqueteo de los zapatos de los caminantes cuando se escuchó el silbato que lo anunciaba. El tren se iba. Vio subir a mucha gente después de ver bajar a otras tantas que, a veces, llegaban a chocar por las prisas.
—Hola pequeño —dijo la mujer que llevaba sobre su cabeza un canotier con plumas de colores llamativos y un vestido rojo bastante elegante—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Supongo.
—Vengo cada semana para ver a mi hermana que está enferma, y siempre ten encuentro aquí. ¿Qué anotas en ese cuaderno?
—Cosas. —espetó sin levantar la vista del papel que tenía delante.
—¿Y puedo saber qué tipo de cosas?
—Historias que invento cuando veo a la gente de la estación.
—¿Hay alguna historia que hable de mí? —dijo la mujer entusiasmada.
—Sí, y de esa cosa tan rara que lleva siempre en la cabeza, pero quizá no le guste lo que escribí sobre eso.
   La mujer echo a reír a carcajadas. El niño, arrugó el entrecejo y la miró sin entender que era lo que le hacía tanta gracia. Le revolvió un poco más si cabe su peculiar cabello y se despidió de él.
   Tres días más tarde a la misma hora de siempre, Sam se encontraba preparando su zona de trabajo cuando la señora del sombrero raro se mantenía en el andén, observándole. Tenía en la mano dos billetes de tren y un paquete envuelto en papel craft sujeto con una cuerda. Sam se dio cuenta de ella, y de que aquel día se mordía las uñas de la mano que tenía libre, un gesto que antes no le vio hacer.
—Hola pequeño. Soy Sara. ¿Me recuerdas?
—Sí, señora, la recuerdo, y a su sombrero también.
—¿Cuál es tu nombre?
—Sam.
—Bueno, Sam. Tengo un regalo para ti —le dijo mostrando el paquete marrón.
—¿Un regalo, para mí? Mamá dice que son lujos que no pedo tener siempre, solo en mi cumpleaños y en algunas navidades que papá gana algo más de dinero.
Sam se quedó un poco extrañado, las únicas personas que le habían hecho regalos eran sus padres y la abuela Ruth. Pensó que quizás esa señora era muy rica y les hacía regalo a los niños, regalos que escondía en la gran maleta que la acompañaba.
—¿Alguna vez has montado en tren?
—No, señora. No tenemos dinero para viajar, y tampoco a nadie a quien pudiésemos visitar.
—Podrías venir conmigo, te encantaría. Cerca de mi casa hay una gran tienda de dulces, ¿te gustan los caramelos, Sam?
—Nunca los he probado, pero los veo cada día en el escaparate de la tienda del señor Ford, de camino a la escuela.
—Te compraré varios si vienes conmigo. ¿Qué te parece la idea?
   El niño se quedó callado, pensando. Le había dicho muchas veces a su madre que le llevase a algún lugar para poder montar en tren, pero su madre le decía que no había dinero para esos lujos. Por una parte, deseaba subir a ese cacharro que tanto le gustaba, pero también estaba preocupado por su madre, no le gustaba que hablase con extraños, y si se enteraba se enfadaría mucho con él.
—Solo si promete que volveremos pronto —dijo al fin—. A mi madre no le gusta que me retrase para la cena, y a mí no me gusta tomarla fría. Se preocupará mucho si llego tarde, siempre lo hace.
—Prometido —dijo Sara.
Rígida como una estatua, esperó a que Sam recogiese sus cosas mientras le decía al viejo Bobby que le esperase, que volvería en un rato.  La señora, le cogió de la mano y subió con él al tercer vagón, desde el que se veía la garita del señor Robinson, el guardia y amigo del padre del pequeño. Una vez se hubieron acomodado le tendió el paquete, Sam lo cogió de buen agrado.
—¿Un cuaderno? Ya tengo cuadernos, no necesito más —dijo decepcionado.
—Este será especial, a partir de ahora escribirás tu propia historia —le dijo dándole una palmadita en la pierna.
—¿Mi historia, porque mi historia? —preguntó sorprendido. Pero Sara no contestó, solo saco de su bolsa el libro que estaba leyendo y se acomodó en su asiento.
   En ese instante, Sam no dijo nada más, giró la mirada hacia la ventanilla para observar el paisaje cuando el tren avanzase. Observó al viejo Bobby que ladraba sin descanso junto a su ventanilla y le extrañó. Preocupado por no volver tarde a casa, pues su madre había preparado para la cena su plato favorito, ratatouille, no se dio cuenta que el guardia había salido corriendo hacia su vagón mientras gritaba palabras que ya no se escuchaban con el ruido de la máquina al ponerse en marcha, y que se disiparon tan rápido como el humo del tren.


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Os dejo un microrelato creado con muchas lagrimas, pero desde la más cruda realidad.